
Cerrar la brecha: semillas, innovación y productividad agrícola
Argentina se encuentra entre los países con mayor peso relativo en la exportación agropecuaria a nivel mundial, por lo que la dinámica de productividad del sector resulta especialmente relevante para su desempeño económico de largo plazo.
En este marco, la innovación en semillas constituye un elemento
fundamental: el desarrollo de nuevas variedades permite incorporar
mejoras en rendimiento, adaptación a distintas condiciones agroclimáticas
y estabilidad de los rendimientos. Estos factores son fundamentales para la
competitividad del sector, la inserción exportadora y el desarrollo
argentino.
Como todo proceso de innovación, para que se sostenga en el tiempo,
resulta fundamental que los innovadores enfrenten condiciones
adecuadas para recuperar el retorno de sus inversiones.
Ahora bien, ese problema de apropiabilidad no se manifiesta de manera
homogénea entre cultivos. En las especies híbridas, la propia biología de la
semilla reduce el riesgo de la reutilización productiva y resuelve
parcialmente el problema. En cambio, en los cultivos autógamos, como el
trigo y la soja, donde la semilla puede resembrarse sin pérdida relevante de
rendimiento, la efectividad del marco institucional adquiere una
importancia mucho mayor. Dada la participación de estos cultivos en la
agricultura argentina, esta cuestión resulta particularmente relevante.
La ley argentina ya reconoce derechos al obtentor. El problema es de
cumplimiento efectivo: de acuerdo a datos del INASE, para 2019/20 apenas
el 30% de la superficie sembrada con soja se realizó con semilla fiscalizada.
Este resultado puede entenderse a la luz del problema de apropiabilidad
planteado. Cuando el productor puede resembrar y, además, comercializar
semilla por fuera del circuito autorizado, y esa práctica resulta difícil de
detectar y sancionar, el incentivo a adquirir semilla certificada se debilita.
La comparación internacional permite dimensionar la magnitud de este
problema. Según estimaciones de la Asociación Brasileña de Semillas y
Plántulas (ABRASEM), en Brasil (que comparte con Argentina un mismo
encuadre internacional en materia de derechos de obtentor) la tasa de uso
de semilla certificada en el cultivo de la soja ronda el 65% del área
sembrada. La comparación resulta relevante porque muestra que, aun bajo
un mismo marco internacional, los resultados pueden ser muy distintos.
Un ejemplo ilustrativo es la trayectoria comparada del algodón, un cultivo
autógamo, en Argentina y Brasil. En las últimas décadas, Brasil mostró una
mejora de rendimientos muy superior a la argentina, en el marco de un
proceso más dinámico de incorporación de tecnología, desarrollo varietal y
modernización productiva. De hecho, entre las décadas de 1960 y 1990, la
productividad argentina se ubicó en promedio un 68% por encima de la
brasileña. Sin embargo, desde comienzos del siglo XXI la tendencia se
revirtió, y la productividad de Brasil pasó a ser aproximadamente el doble
de la argentina.
Sin sostener que esa dinámica responda exclusivamente al régimen de
propiedad intelectual o a la fiscalización en materia de semillas, sí puede
afirmarse que, allí donde el innovador enfrenta mejores condiciones para
capturar parte del valor que genera, aumentan los incentivos a invertir,
introducir nuevas variedades de semillas y a sostener mejoras de
productividad en el tiempo. La comparación con Brasil resulta
especialmente informativa en este punto: bajo un mismo encuadre
internacional en materia de derechos de obtentor, las diferencias en el
cumplimiento efectivo muestran trayectorias de productividad
marcadamente distintas.
UPOV 91 como contrafáctico
Ahora bien, la comparación con Brasil se limita a países que forman en un
mismo marco internacional de protección. Por eso, resulta útil extender la mirada hacia países que se orientaron tempranamente hacia estándares
más exigentes.
El sistema UPOV (Unión Internacional para la Protección de las
Obtenciones Vegetales) contempla dos referencias centrales: el Acta de
1978, bajo la cual se ubican Argentina y Brasil, y el Acta de 1991, que eleva el estándar de protección e introduce mayores posibilidades de apropiación del retorno de la innovación. Para identificar de manera homogénea a los países alineados con este último estándar, se toma como grupo de comparación a quienes firmaron el Acta en 1991. Ese conjunto permite aproximar cómo habría evolucionado la productividad argentina bajo un régimen de protección más exigente de los derechos de obtentor.
Para comparar la trayectoria de la productividad agrícola argentina con la de ese grupo de países se implementa la estrategia de control sintético.
Este método consiste en asignar ponderaciones a los países del grupo de
comparación de modo tal de replicar, lo mejor posible, la trayectoria de la productividad agrícola argentina y sus condiciones climáticas hasta el
momento de la firma del Tratado, construyendo así una versión 'sintética'
de Argentina. A partir de esas ponderaciones, el ejercicio permite comparar la trayectoria efectivamente observada del país con la de su contraparte sintética y cuantificar la brecha de productividad entre ambas.
Este ejercicio se replicó para tres cultivos que cuentan con una relevancia
significativa en la producción agrícola argentina: maíz, trigo y soja. El
primero híbrido y los últimos dos, autógamos.
El control sintético para el maíz replica con
fidelidad la trayectoria argentina tanto en el período pre-1991 como en los
años posteriores. El ajuste antes de 1991 es preciso, lo que refuerza que el
sintético construido a partir de los países firmantes de UPOV 91 constituye
un contrafáctico razonable para Argentina en este cultivo. Tras 1991, ambas
trayectorias evolucionan de manera similar: Argentina supera al sintético
durante las dos décadas siguientes y converge hacia él en los años más
recientes, sin que se observe una brecha sistemática en ninguna dirección.
Este resultado es el esperado. El maíz es un cultivo híbrido: la semilla
comercial no puede replicarse con rendimientos equivalentes en
generaciones sucesivas, lo que obliga al productor a comprar semilla nueva
cada campaña. Ese mecanismo garantiza al obtentor la recuperación de su
inversión independientemente del marco de propiedad intelectual
vigente. En términos del ejercicio comparativo, esto significa que la firma de UPOV 91 no debería haber alterado de manera significativa los
incentivos a la inversión en mejoramiento de maíz en los países que
conforman a los donantes del sintético, ni la ausencia de ese marco
debería haber penalizado a Argentina. El gráfico es consistente con esa
hipótesis.
Al igual que antes, el control sintético ajusta
adecuadamente la trayectoria argentina en el período previo a 1991. Sin
embargo, a partir de ese año las trayectorias divergen: la brecha promedia
21% entre 1991 y 2024, y alcanza el 50% en el último dato disponible.
La divergencia se inicia inmediatamente después de 1991 y se profundiza
de manera casi ininterrumpida durante más de tres décadas. **Este patrón,
ausente en el maíz, resulta consistente con la hipótesis de que una
protección efectiva insuficiente de la propiedad intelectual sobre semillas autógamas desincentiva la inversión en el desarrollo de nuevas variedades y, en última instancia, limita el crecimiento de la productividad. **
La productividad de la soja, muestra una dinámica similar a la del trigo. Si bien el ajuste pre-1991 es menos preciso que en los casos anteriores, el patrón resultante es consistente con el observado en trigo: a partir de 1991 el sintético se separa de Argentina de manera sostenida.
La divergencia resulta ser menos pronunciada que en trigo pero igualmente sistemática. Para el período 1991-2024 la brecha promedia 10%, y alcanza 28% para el último dato disponible. A diferencia del maíz, donde las trayectorias convergen, en soja el sintético se mantiene consistentemente por encima de Argentina durante más de tres décadas sin reversión visible, a excepción del año 2003 para el cual la productividad
predicha por el sintético es superada por la efectiva argentina.
Tomados en conjunto, los resultados para trigo y soja contrastan con los del maíz.
*En este último cultivo, donde las características biológicas del híbrido
favorecen la recompra periódica de semilla comercial y facilitan la
apropiación del retorno de la innovación, no se observa una brecha
sistemática entre Argentina y su contraparte sintética*.
En cambio, en los cultivos en los que ese mecanismo biológico no opera del mismo modo, la apropiación depende en mayor medida del funcionamiento efectivo del sistema de protección y fiscalización, y es allí donde la brecha aparece.
La brecha de productividad en números
En la misma línea, también podría cuantificarse la producción adicional
que habría obtenido Argentina de haber seguido la trayectoria del control
sintético. Tomando el período 1991–2024, en trigo la brecha acumulada
equivale a 104 millones de toneladas, lo que representa aproximadamente
USD 20.030 millones.
En soja, la brecha acumulada asciende a 114 millones de toneladas, equivalentes a USD 44.250 millones.
Si se tomara la brecha promedio de los últimos diez años, de 34% para trigo
y 15% para soja, la producción adicional anual habría ascendido a
aproximadamente USD 1.200 millones en trigo y USD 2.900 millones en
soja. En conjunto, ello equivale a una producción adicional de alrededor
de USD 4.100 millones para ambos cultivos.
**En resumen, la evidencia sugiere que un sistema de apropiación en
semillas autógamas débil constituye una limitación potencial para el
crecimiento de la productividad agrícola en el largo plazo. Mientras que en maíz (donde la biología del híbrido resuelve en gran medida el problema de apropiabilidad) no se observa una brecha sistemática entre Argentina y su contraparte sintética, en trigo y soja esa divergencia aparece de manera persistente. Sin atribuir estos resultados de manera exclusiva al régimen de propiedad intelectual o a su fiscalización, los resultados demostrados apuntan en una misma dirección: allí donde los innovadores enfrentan menores posibilidades de capturar el retorno de sus desarrollos, los incentivos a invertir y sostener mejoras de productividad tienden a debilitarse.**
Fuente: https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/informe_productividad_agricola.pdf

